MIÉRCOLES DE CENIZA

Miércoles, Febrero 14, 2018

Joel 2,12-18     Salmo 51 (50)    2 Corintios 5,20- 6,2    Mateo 6,1-6.16-18

Un horizonte muy claro nos ofrece Jesucristo en el evangelio de Mateo ahora que iniciamos la cuaresma: " Cuidad de no practicar vuestra "justicia" para que os vean los hombres, porque entonces vuestro Padre celestial no os recompensará" (Mt 6,1). Tendríamos todo un camino espiritual de revisión personal y comunitario para indagar permanentemente a nuestra conciencia y a nuestro actuar individual y comunitario, acerca de nuestras motivaciones más profundas para actuar.

El mundo de hoy acentúa de manera muy intensa la autonomía, es decir la capacidad que tenemos de determinar que leyes nos rigen y orientan nuestro actuar. Sin embargo como toda idea y pensamiento que profundiza en la libertad y en la decisión, se puede muy fácilmente interpretar autonomía como la posibilidad de darle rienda suelta a las pasiones y emociones sin ninguna clase de control. Podemos fácilmente disfrazar motivaciones egoístas e inmaduras de nuestra personalidad, empleando la bandera de la autonomía como "caballito de batalla" para hacer y deshacer. ¿Qué propone Jesucristo?

El Dios verdadero nos invita a volver a Él de todo corazón pero a través de una actitud distinta: "rasgad vuestro corazón, no vuestras vestiduras" (Jl 2,13). Para el mundo de la biblia el corazón es más que un músculo, es el centro de nuestras motivaciones  y  decisiones más íntimas y profundas. Solo Dios es verdaderamente justo, porque frente al delito  no actúa con odio y venganza, sino transformando el corazón del pecador: "Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme" (Sal 50). De ahí la insistencia de Jesús en vivir sin la máscara de la apariencia, porque solo el Dios justo puede ver realmente lo que importan: "... y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará" (Mt 6,4; 6,6; 6,18)

Al iniciar la cuaresma con el signo de la ceniza en nuestra frente, aceptamos públicamente nuestra frágil condición que busca refugiarse en la apariencia y en el quebradizo deseo de reconocimiento de nuestras capacidades; toda esa banalidad, nos atrapa en nuestros egoísmos y ambiciones personales que destruyen la comunidad y la posibilidad de que los hermanos crezcan y vivan con auténtica  dignidad. Estos cuarenta días son "el tiempo favorable,  los días de la salvación" para poder reconciliarnos con Dios a través del estilo auténtico de conversión que propone Jesucristo.

Pidamos a Dios cada vez que realicemos prácticas cuaresmales de ayuno, limosna y oración que sintamos la seguridad absoluta de la salvación en Cristo para que fortalecidos en la caridad con los hermanos enfermos, pobres y débiles con nuestras obras de penitencia glorifiquemos al único que verdaderamente puede pagarnos, nuestro Padre del Cielo.

 

Padre Ramón

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