PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Domingo, Diciembre 3, 2017

Isaías 63,16b-17.19b;64,2b-7      Salmo 79    1 Corintios 1,3-9      Marcos 13,33-37

Iniciamos el tiempo de adviento con la bella y cierta confesión de fe que proclama la primera lectura: "Tu Señor, eres nuestro Padre, desde siempre te invocamos como nuestro redentor" (Is 63,16). Aunque habría muchas razones para que Dios se apartara de nosotros y nos castigara, Él no renuncia a la voluntad de estar con nosotros, salvarnos y darnos vida en abundancia: "danos vida, para que invoquemos tu nombre" (s. 79)

En realidad la súplica ferviente  del pueblo en voz de Isaías: "¡ojalá rasgases el cielo y bajases" (Is63,19b). Dios la hace realidad en la persona de Jesucristo. Todo lo que se esperaba en el Antiguo Testamento que Dios hiciera  y ¡mucho más¡ Jesucristo lo ha cumplido:  "Doy gracias a Dios continuamente por vosotros pues os ha concedido su gracia mediante  Cristo Jesús, en quien habéis sido enriquecido sobremanera con toda palabra y todo conocimiento" (1 Cor 1,4-5) .

El tiempo de adviento que iniciamos quiere entroncarnos como pueblo de Dios en los sentimientos esperanzadores y confiados  en el Señor que siempre llega a salvar. Su pueblo fiel, ha estado atento y pendiente. Su intervención salvadora siempre ha sido eficaz y definitiva, así lo manifestó Jesucristo y por eso emprendemos un camino espiritual-celebrativo anualmente, donde hacemos memoria salvadora del Padre bueno "que rasga el cielo" y viene en nuestro auxilio permanentemente.

Sin embargo el testimonio de los apóstoles y de las primeras comunidades en Cristo vencedor de la muerte, nos invita a la vigilancia ante la actitud final de Dios. Frente al mundo, a  nosotros y a la historia: "Así que vigilad, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de la casa" (Mc 13,35) Dios expresará plenamente su salvación en Jesucristo haciéndonos uno con su misterio de amor y donación total: "Fiel es Dios que os ha llamado a vivir en unión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor" ( 1Co 1,9).

La respuesta nuestra a la fidelidad permanente de Dios es mantenernos firmes, vigilando como aquel que sabe que no es el dueño de la casa donde vive, sino solamente un encargado que asume con responsabilidad la tarea encomendada. Bastantes experiencias tristes hemos vivido por no "vigilar" la vida, la familia, el trabajo, etc. Vale la pena en este tiempo revisar atentamente en qué nos hemos adormecido dejando que entre el mal a nuestra casa.

El adviento al recordarnos lo bueno y fiel que ha sido Dios, nos invita a esperar y vigilar sin temor. No es por el miedo al castigo divino que nos mantenemos expectantes al retorno glorioso del Señor, no es la amenaza al juicio lo que nos ha de llevar a la conversión. Es saber que aun con nuestras fragilidades y la soberbia del mundo. El Señor se mantiene fiel y no quiere otra cosa que vivamos plenamente felices en las moradas eternas.

 

Padre Ramón 

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