Quinto Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo, Febrero 4, 2018

Lo que dice el libro de Job expresa lo que cualquiera de nosotros puede experimentar en un momento de la vida; las preocupaciones, enfermedades y fracasos nos quitan el sueño: “las noches se me hacen interminables y las pesadillas me acosan hasta el amanecer” (Jb 7,4) ¿Cómo expresa el mundo de la biblia esa realidad profunda y difícil de entender y “agarrar” que nos hace sufrir y nos revuelca el alma?, ¿cómo la entienden los textos de la biblia y qué posición asumir frente a dicha experiencia que sobrepasa incluso nuestra humanidad?

De muchas maneras la biblia expresa esta realidad y deja claro que no es Dios quien la produce; por el contrario, determina que es la acción devastadora del mal la que hiere y produce dolor y muerte. De maneras muy crudas y fuertes los textos bíblicos dejan claro que el Maligno destroza, liquida y aniquila, pero que sólo Dios vence al mal y cura al que sufre: “Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas” (Sl 147) 

Ante estas realidades era de entender entonces que Jesús viniera para continuar y llevar hasta las últimas consecuencias el propósito del Padre; empezará pues a recorrer todas las aldeas de Galilea para actuar según la Voluntad de Dios: “vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para eso he venido” (Mc 1,38). El  evangelio de Marcos de este domingo recogerá en estos diez versículos la misión de Jesucristo cuando anuncia el Reino de su Padre, es decir, la victoria definitiva sobre todo lo que deshumaniza, esclaviza y oprime al hombre: “El curó entonces muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios” (Mc 1,34)

La fuerza satánica que destruye al hombre no es imaginaria, ni se expulsa con “agua bendita”; Jesús conoce que el mal está encarnado en la estructura social que afecta la dignidad de la persona haciéndola pobre, enferma y miserable; conoce a tantos de su pueblo que dejaron de ser libres, felices y cuerdos porque, esclavizados por el dinero, el poder y sus intereses y pasiones personales, dejaron de ser ellos mismos, y su esclavitud, como avalancha que arrasa con todo lo que tiene al frente, dañó su corazón y a través de él, el corazón de sus hermanos.

Por eso las acciones curativas realizadas por Jesús sólo se entienden desde la voluntad de introducir en el corazón de las personas la bondad de Dios que les recupera la alegría, la seguridad y los devuelve a sus tareas acostumbradas al ser “tocados por el amor de Dios” que les trae Jesucristo: “y él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. La fiebre le desapareció y les servía” (Mc 1,31)

Jesús se convierte entonces para todos en “buena noticia”, portador de vida y salvación para todos. Pablo lo expresará como “evangelio” que es indispensable anunciar para que todos reciban curación, libertad y vida: “anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo” (1 Co 9,16). ¡Emprendamos nosotros como el apóstol, esta tarea curadora!

 

Padre Ramón

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