XVIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A

Domingo, Agosto 2, 2020

"¿Quién nos separará del amor de Cristo?" (Rom 8,35). A esta pregunta san Pablo afirma que nada podrá separarnos porque "Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas" (Rom 8,37). Eso que desde el antiguo testamento los profetas proclamaron de Dios: un Dios fiel, que cumple la alianza y que tiene la capacidad de saciar plenamente a quien se acoge a Él, encuentra su total cumplimiento en Jesucristo. Realmente, todo lo que hizo Jesús expresó su Amor gratuito hacia la humanidad, pero en especial, sobre aquellos que experimentaban dolor, injusticia y pobreza.

El evangelio de San Mateo narra que Jesús, al escuchar de la muerte de Juan el Bautista, se va a un lugar lejano a recibir el consuelo de su Padre amoroso; Jesús, el Hijo de Dios, con la muerte de Juan el Bautista y luego con su Pasión y Cruz, experimenta en Sí mismo que realmente nada podrá hacerlo renunciar al Amor que ha experimentado de Dios su Padre.

Por esto mismo, al acercarse la gente pobre, sencilla y enferma a buscarlo, el Señor siente la necesidad de consolarlos: "cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que traían" (Mt 14,14). Desde lo profundo de su corazón Jesús quiere con su presencia y cercanía afirmarles la promesa de Dios para ellos: el Reino de Su Padre es para los pobres, los sencillos, los enfermos y Él está para demostrárselos. Nada puede impedir que Jesús se acerque a la gente para manifestarles que Dios ha irrumpido poderosamente en sus vidas para transformarlas.

Pero Jesucristo quiere que sus discípulos no se hagan ajenos a las necesidades de la gente. En la escena del evangelio de este domingo el Señor responde a la sugerencia de sus discípulos para que la gente se vaya a las aldeas a buscar comida con un "no necesitan marcharse; dadles vosotros de comer" (Mt 14,16). No es posible olvidar nunca la promesa de Dios: "escuchadme atentamente y comeréis bien, os deleitaréis con manjares" (Is 55,2b). No hay que temer, el Amor de Dios no falla, así se tengan solamente cinco panes y dos peces, el Señor es el único que puede saciar las multitudes; Dios multiplica y se encarga de que todos coman, pero hay que sentir como Él, desde las entrañas, la compasión y amor por su pueblo.

Los discípulos nos podemos enredar hoy en temores y pusilanimidades por que los retos del mundo nos sobrepasan y nuestros recursos son mínimos frente a la multitud necesitada. Es necesario recordar que el Señor cuenta con nosotros y que Él cumple sus promesas, no somos nosotros los que podemos colmar a los hermanos de amor, paz y justicia, pero si podemos con nuestros “cinco panes y dos peces" hacer posible que el Reino se haga presente en tantos corazones, porque el amor de Cristo es el que puede multiplicar y dar en abundancia, curar y saciar. Así lo ha querido nuestro Padre bueno.

-Padre Ramón Zambrano-

"¿Quién nos separará del amor de Cristo?" (Rom 8,35). A esta pregunta san Pablo afirma que nada podrá separarnos porque "Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas" (Rom 8,37). Eso que desde el antiguo testamento los profetas proclamaron de Dios: un Dios fiel, que cumple la alianza y que tiene la capacidad de saciar plenamente a quien se acoge a Él, encuentra su total cumplimiento en Jesucristo. Realmente, todo lo que hizo Jesús expresó su Amor gratuito hacia la humanidad, pero en especial, sobre aquellos que experimentaban dolor, injusticia y pobreza.

El evangelio de San Mateo narra que Jesús, al escuchar de la muerte de Juan el Bautista, se va a un lugar lejano a recibir el consuelo de su Padre amoroso; Jesús, el Hijo de Dios, con la muerte de Juan el Bautista y luego con su Pasión y Cruz, experimenta en Sí mismo que realmente nada podrá hacerlo renunciar al Amor que ha experimentado de Dios su Padre.

Por esto mismo, al acercarse la gente pobre, sencilla y enferma a buscarlo, el Señor siente la necesidad de consolarlos: "cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que traían" (Mt 14,14). Desde lo profundo de su corazón Jesús quiere con su presencia y cercanía afirmarles la promesa de Dios para ellos: el Reino de Su Padre es para los pobres, los sencillos, los enfermos y Él está para demostrárselos. Nada puede impedir que Jesús se acerque a la gente para manifestarles que Dios ha irrumpido poderosamente en sus vidas para transformarlas.

Pero Jesucristo quiere que sus discípulos no se hagan ajenos a las necesidades de la gente. En la escena del evangelio de este domingo el Señor responde a la sugerencia de sus discípulos para que la gente se vaya a las aldeas a buscar comida con un "no necesitan marcharse; dadles vosotros de comer" (Mt 14,16). No es posible olvidar nunca la promesa de Dios: "escuchadme atentamente y comeréis bien, os deleitaréis con manjares" (Is 55,2b). No hay que temer, el Amor de Dios no falla, así se tengan solamente cinco panes y dos peces, el Señor es el único que puede saciar las multitudes; Dios multiplica y se encarga de que todos coman, pero hay que sentir como Él, desde las entrañas, la compasión y amor por su pueblo.

Los discípulos nos podemos enredar hoy en temores y pusilanimidades por que los retos del mundo nos sobrepasan y nuestros recursos son mínimos frente a la multitud necesitada. Es necesario recordar que el Señor cuenta con nosotros y que Él cumple sus promesas, no somos nosotros los que podemos colmar a los hermanos de amor, paz y justicia, pero si podemos con nuestros “cinco panes y dos peces" hacer posible que el Reino se haga presente en tantos corazones, porque el amor de Cristo es el que puede multiplicar y dar en abundancia, curar y saciar. Así lo ha querido nuestro Padre bueno.

-Padre Ramón Zambrano-

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